Hay momentos, horas... incluso a veces días, en los que crees imposible volverte a levantar, volver a ver la vida con cierto optimismo y con ganas de despertarte.
Suelen ser días en los que pesas más de la cuenta, días en que la carga que has llevado durante meses a tu espalda parece empezar a formar parte de ti y te hace ir con la cabeza gacha a todas partes, dibujando sonrisas falsas a unos y otros, pensando q quizás los puedes engañar; a veces llegas a creerte tus propias sonrisas y te olvidas de esa nube que te acecha hasta que llegas a casa, le das al play y suena esa canción q tiene la capacidad de envolverte de nostalgia.
Decides callar y escucharla, sin darte cuenta te vas quedando quieto, con la mirada fija a ninguna parte, teniendo la sensación que no estás pensando en nada. La canción deja de sonar, tu ni te das cuenta... el locutor de la radio habla, no lo entiendes, pero llegas a tiempo para la presentación de esa melodía que te trae viejos recuerdos, ahora más felices...
Es entonces cuando empiezas a reaccionar, a darte cuenta que necesitas compartir la carga con alguien a quien no le importará cargarla contigo; el nombre de alguien aparece de manera inmediata a tu mente, sin dudarlo coges el teléfono, lo llamas pero no te contesta... le mandas un mensaje diciéndole entre líneas que necesitas hablarle. Al verlo te llama, te invita a tomar algo, a dar un paseo o a perder un par de horas en ese lugar que parece abrirte el corazón aunque no tuvieras la intención de hacerlo.
El frío o la puesta de sol te marcan el punto final de la conversación en el momento más preciso; decidís marchaos, reís mientras recordáis viejas anécdotas, te acompaña hasta casa y antes de sacar la llave le miras a los ojos y le das las gracias, te devuelve una tímida sonrisa con una mirada q te afirma q a la próxima tampoco te va a fallar.